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Viejo domingo 25 septiembre de 2011, 10:04
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Entrevista a Philip Glass

"Hacer arte para nadie no tiene mayor sentido”

Para ser considerado el fundador del minimalismo, es un artista con infinidad de facetas, recursos y posibilidades de expresión. Pero en estas presentaciones se concentrará “en el instrumento que toco al levantarme y el que toco antes de acostarme”.



Por Diego Fischerman

Compuso, con Einstein en la playa, la primera ópera que permitía al público, de manera explícita, entrar o salir cuando le diera la gana. Es uno de los creadores del minimalismo, o escuela repetitiva y, en todo caso, el inventor de su vertiente más pop. La literatura y el teatro están entre sus obsesiones y trabajó con directores de escena como Bob Wilson, poetas y cantantes como Leonard Cohen y cineastas como Woody Allen, para quien escribió la banda de sonido de El sueño de Cassandra. Philip Glass estuvo aquí en 2001, como parte del FIBA de ese año, presentando en el Colón la musicalización del Drácula de Tod Browning. Y hoy regresa para dar un concierto en el Teatro Coliseo en el que tocará obras para piano. “Es el instrumento que toco al levantarme, y tocarlo es lo último que hago a la noche antes de acostarme”, dice a Página/12. Y agrega: “Estos conciertos donde toco el piano son la experiencia musical más íntima de todo lo que hago. Representan la totalidad de mi ser como intérprete y como compositor. Son los momentos en que yo soy exactamente yo mismo, con mi música y con el público”.

El programa incluye obras compuestas para piano y transcripciones de otras concebidas originalmente para órgano o diferentes combinaciones instrumentales: los Estudios para piano Nos 1, 2, 3, 6, 9 y 10, de la serie de 16 compuesta entre 1994 y 1999, Mad Rush, de 1980 –una pieza encomendada por Radio Bremen y compuesta originalmente para órgano que fue más tarde coreografiada por Lucinda Childs–, Metamorphoses Nos. 2, 3 y 4, de 1989, extraídas de la película A Thin Blue Line de Errol Morris, basadas en La metamorfosis de Kafka y utilizadas como parte de La Trilogía de Kafka (El Proceso) de Gerald Thomas, Dreaming Awake, de 2006, escrita originalmente como obsequio para un Centro de Estudios Tibetanos de New York y coreografiada más adelante por Molissa Fenley, y Wichita Vortex Sutra, compuesta en 1990 como fruto de una colaboración con el poeta Allen Ginsberg. “Yo no sé si soy minimalista ni nunca me preocupó serlo”, dice. “Siempre estuve más pendiente de mi propia experiencia musical, de mis sentimientos al crear y de lo que le pasa a la gente al escuchar que de las teorías.” Esa es, por supuesto, también una teoría: “En todo caso es una teoría inconsciente y tiene que ver con quiénes somos, lo que escuchamos y cómo nos fuimos formando como músicos y personas”.

Nacido en Baltimore, Maryland, en 1937, Glass se graduó en la Universidad de Chicago y en la Julliard School. En los ’60 estudió en París con Nadia Boulanger, en su conservatorio dedicado a compositores estadounidenses, y allí trabajó transcribiendo la música de Ravi Shankar a notación occidental. A su retorno a Nueva York probó técnicas orientales en su música. En 1974 fundó la Mabou Mines Theater Company y, para tocar lo que componía para los espectáculos, el Philip Glass Ensemble. Einstein en la playa es de 1976. “No me gusta cuando se habla de minimalismo”, dice. “Es una forma esquemática de referirse a un conjunto de música escrito entre 1965 y 1979. Y sólo sirvió para diferenciarnos enfáticamente de los boulezianos, lo que, de todas maneras, no estuvo tan mal. Siempre busqué hablarle a una audiencia más amplia que la de los conocedores. Quería salir de ese nuevo ghetto donde las mismas 200 personas iban de concierto en concierto y de los que la mayoría eran compositores. Mis amigos y yo buscábamos nuestro público en museos de arte y en el teatro. Era también una cuestión generacional. Y fue maravilloso ver lo rápido que apareció el público. Para 1976 yo ya estaba tocando en el Met, después de tan sólo nueve años. Steve Reich había dicho que eso es lo que iba a pasar y yo aseguraba que llevaría décadas. El tenía razón y el equivocado era yo.”

Autor de la música para Kundun, de Martin Scorsese, por la que fue nominado al Oscar, y ganador del Globo de Oro por la de The Truman Show, de Peter Weir, una de sus obras fundantes fue Koyaanisqatsi, de 1983, donde lo sonoro es el eje constructivo del film de Godfrey Reggio que abrió su trilogía acerca de la relación destructiva del ser humano con la naturaleza. En 2004 Glass estrenó Orion, en colaboración con seis artistas internacionales y cuyo debut fue en Atenas para celebración de los Juegos Olímpicos. Dos de sus sinfonías, Low y Heroes, están basadas en temas de David Bowie y las últimas, la No 7 y No 8, fueron estrenadas en 2005, con la National Symphony Orchestra y en el Kennedy Center for the Performing Arts de Washington la primera y, la segunda, con la Orquesta Bruckner de Linz y en la Brooklyn Academy of Music. Ese mismo año estrenó Esperando a los bárbaros, ópera basada en el libro de Coetzee. El tributo orquestal de Glass al líder espiritual indio Sri Ramakrishna, The Passion of Ramakrishna, se estrenó en 2006 en el Orange County Performing Arts Center. “Creo que la música no está separada de la vida”, reflexiona. “Desde siempre, el ser humano ha cantado y bailado en su vida cotidiana y la música siempre ha sido una parte fundamental de sus fiestas. Creo que en la vida contemporánea el teatro es una de esas fiestas. Es una magnífica situación social donde se cuentan historias y se las vive en grupo. Y la música se integra con la luz, con lo que sucede en el espacio del escenario, con los textos. Es una clase de experiencia que me fascina, Eso no quiere decir que no crea en el efecto de la música por sí sola. De hecho eso es lo que haré en mi concierto en Buenos Aires. Tan sólo música y tan sólo con el piano. Pero hay allí también una comunicación dramática. Siempre que hay algo o alguien en escena hay un hecho teatral.”

Glass no se considera un gran pianista. “Decente”, define. “Quiero decir que nadie estaría interesado en escuchar mi Schubert o mi Beethoven, pero no es eso lo que voy a tocar. Me gusta escuchar a compositores tocar su propia música, a Gershwin o Rachmaninov. Rachmaninov fue un gran pianista; Gerswhin probablemente haya estado más cerca de la clase de pianista que soy. No un virtuoso, sí alguien de tocar su propia música con una cualidad de intimidad que, tal vez, otro no podría lograr.” Budista y sumamente crítico con la política exterior de los EE.UU. (Esperando a los bárbaros funciona como un ataque explícito a Bush), Glass dice que “el músico no está aislado de la sociedad; le preocupan las cosas que le preocupan a cualquier ser humano. Uno toma posiciones, desde ya. Creo que el artista tiene una misión, en el sentido de comunicarse con los demás y, obviamente, de comunicar aquello que vale la pena que sea comunicado. No tiene mayor sentido hacer arte para nadie. Y si se lo hace para mucha gente, debemos ser muy conscientes del poder que tenemos. Es un poder que no debe malgastarse”.

Fuente

Nota review. Philip Glass en piano. Teatro Coliseo, martes 20 de septiembre.
Público: 1800 personas.
Duración: 90 minutos.


En el fetichismo, una parte ocupa el lugar del todo. El amor tal vez no sea demasiado diferente. Allí también un resplandor de las pupilas, una manera de entornar los párpados, puede encarnar toda la belleza del mundo. En la música llamada clásica, aun cuando para un fan de Maria Callas el amor pueda hacer olvidar las desafinaciones, los criterios de valor suelen ser más objetivos. Es en la música popular, en cambio, donde el amor lo explica casi todo. Donde la relación del público con el artista, lejos de ser un elemento accesorio, es esencial a la propia obra y donde, como en el fetichismo, hasta es posible que los restos de un cantante sean suficientes para evocar al cantante. Y es en ese sentido que Philip Glass, un músico “clásico”, de la tradición escrita y cuyas composiciones están pautadas por completo, es un músico popular.

En esa circulación hay una elección. Glass pertenece a una generación musical estadounidense que reaccionó contra las vanguardias de mediados del siglo pasado, que creció a la vera de la cultura beatnik y del descubrimiento –o invención– del orientalismo y que se puso como meta no hacer un arte para minorías. En esa estética hay puntos altos; las obras de Steve Reich, las herencias de John Adams o el holandés Louis Andriessen. Y hay fenómenos particulares y difícilmente comprensibles fuera del contexto de un mercado como el norteamericano, tan vasto como para incluir todo un sector afín a una suerte de cultura semiculta y masiva, expresada con claridad en cierta clase de cine industrial de calidad y tan alejada del mero entretenimiento como de las expresiones más especulativas. Philip Glass es, desde el lado de la música escrita, quien mejor corporiza ese mundo. Y su música, utilizada además en películas de directores tan prestigiosos como Martin Scorsese, Peter Weir o Woody Allen, acabó siendo una marca y un emblema. En rigor, ciertas imágenes, o su evocación, y cierta idea de lo “neoyorquino culto y moderno”, son inseparables de sus veloces arpegios repetidos, de las melodías lineales sobre muy pocos acordes y de la tibia asimetría de algunas frases, encorsetadas, de todas maneras, en una regularidad rítmica que apenas se asoma a la simultaneidad de patrones de acentuación binarios y ternarios. Una característica que acaba asemejando todas sus piezas a una especie de eterna chacarera sin swing.

La música de Philip Glass tiene admiradores. Es amada, como lo certifica el Teatro Coliseo lleno hasta el tope que lo recibió en su faceta de pianista intérprete de su propia obra y que lo ovacionó, en el final, con un respeto y una admiración que fueron premiados con uno de sus hits, la “Apertura” de su serie de Glassworks, de 1982 (que incidentalmente comparte su introducción y sucesión de acordes iniciales con “Vengo a ofrecer mi corazón”, grabada por Fito Páez en 1985). El repertorio del concierto incluyó seis de sus Estudios para piano, tres de sus Metamorphosen, Dreaming Awake –un homenaje al Dalai Lama–, Mad Rush y Wichita Vortex Sutra, que acompaña la voz de Allen Ginsberg. No ayuda a estas composiciones, montadas todas sobre un único principio constructivo, el sonar unas junto a otras. Ni, tampoco, el descarnamiento del piano. La que mejor resiste es la obra junto a Ginsberg, en tanto la voz del poeta le otorga la discreta expresividad de la que la música carece. Pero mal podría criticarse a Philip Glass por ser exactamente quien quiere ser, sobre todo cuando ese estilo, donde nada es involuntario ni casual, es exactamente lo que buscan tanto él como aquellos que lo siguen. Sí puede objetarse, en cambio, que no lo sea. Que nada quede de la precisión rítmica que él mismo instituyó como valor en sus piezas. Que del pianismo desmañado pero eficaz de su grabaciones de hace veinte años apenas queden las ruinas. Para unos se trata del amor, que todo lo disculpa y que encuentra lo amado incluso en la sombra de un gesto ya perdido. Para otros, tan sólo es el espanto.


Fuente


100% Philip Glass, Una noche de piano solo / Autor: Philip Glass en composición e interpretación / Sala: Teatro Coliseo.
Nuestra opinión: malo .


Sin adentrarnos en recónditos asuntos de alta teoría, podríamos afirmar que, dejando de lado los aspectos socioculturales, ampliamente hablando, y las contextuales que puntualmente rodean a una performance, un recital, en este caso de piano, es la suma de la obra musical en sí misma y su interpretación. En este concierto que Philip Glass ofreció de sus propias obras, esta última cuestión fue largamente deficitaria.

El compositor se asomó a la escena, hace más de cuarenta años, con una propuesta sumamente original y contestaría dentro de lo que era el panorama de la vanguardia de esos tiempos. En contra de los experimentalismos y los rupturismos de los compositores de avanzada, Glass y Steve Reich, entre algunos más, se apartaron de la idea del sujeto y el desarrollo, que seguía latiendo, incluso, dentro de muchas de las nuevas tendencias, para instalar el concepto del objeto sonoro. Una idea musical, mínima, era ofrecida de manera reiterada y obsesiva. Sobre ella, se iban introduciendo cambios casi imperceptibles para avanzar hacia algún otro territorio o para conformar otro objeto sonoro. En las antípodas del vanguardismo, este minimalismo musical, repetitivo y estático, vino envuelto en armonías consonantes y vestido con ritmos y metros tan simples y contundentes como obsesivos. Su estética, su lenguaje y su propuesta podrán ser compartidas o no, del mismo modo que a alguien puede fascinarle Stravinsky y no Haydn, o exactamente al revés. Después de todo, y más allá de la subjetividad y de los contextos culturales, las cuestiones de gusto son intransferibles y todas absolutamente respetables.
Armonías simples

El asunto es que en las óperas, la música orquestal, los conciertos, las bandas de sonido y las obras de cámara de Glass hay elementos tímbricos y dramáticos puestos en juego que en su creación para piano solo no entran en consideración. De este modo, la reiteración esencial del minimalismo queda muchísimo más expuesta, sobre todo, porque la cantidad de recursos utilizados son ínfimos. De principio a fin, a lo largo de unos ochenta minutos, Glass sólo ofreció sucesiones de armonías simples, siempre las mismas, con acordes abiertos en ambas manos en tres o cuatro figuraciones diferentes, y no más, y sin salir de la zona central del teclado. Los agudos nunca fueron visitados por sus dedos y los bajos, muy ocasionalmente, para completar la fundamental de un acorde. Demasiado poco. La resultante no fue satisfactoria porque la repetición no debería implicar necesariamente monotonía y la recurrencia no tendría que significar falta de ideas. El resultado final fue el de una omnipresente e inapelable sensación de melosidad. En otros terrenos, el mismo Glass ha demostrado ser un compositor de muchísima mayor fantasía. Esto se pudo vislumbrar en la última pieza, "Wichita Vortex Sutra", en la cual Glass tocó lo mismo de siempre, pero aplicado sobre la grabación de un largo poema de Allen Ginsberg. De todos modos, si la estética y las propuestas artísticas de un creador son simplemente materia opinable, lo que no admite discusión es la pobreza interpretativa desplegada por Glass. Carente de una técnica básica, su ejecución adoleció de pifies groseros, y demostró una total incapacidad para aplicar dinámicas, toques o variantes, con innumerables errores de principiante. Cuando, ocasionalmente, abandonaba la repetición de acordes abiertos y decidía aventurarse en algún arpegio o alguna escala, nada virtuosístico por cierto, se podían percibir, con no poca desazón, notas faltantes, pequeños baches, tropezones y deslices. La música para piano solo de Glass puede gustar o no. Pero para poder evaluarla haría falta alguien que, por lo menos, la toque bien.

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Úlima edición por belladonna fecha: domingo 25 septiembre de 2011 a las 10:06. Razon: Los mensajes duplicados han sido unidos.
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  #2  
Viejo domingo 25 septiembre de 2011, 12:09
Avatar de Burrows
Crackwhore
NC3: Miembro
 
Miembro desde: 28 febrero 2009
Ubicación: capital federal
Re: Entrevista a Philip Glass

Me encanta que se generen estos temas. Todavía queda gente

Lo leí todo, espectacular

"Para unos se trata del amor, que todo lo disculpa y que encuentra lo amado incluso en la sombra de un gesto ya perdido. Para otros, tan sólo es el espanto."
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