Piñas clase alta Grupos de chicos de clase alta admiten que se pelean por nada, pero con saña. La falta de límites y el alcohol son una mezcla explosiva. 
Lleva el pelo cortado a tijeretazos. Pero eso es a simple vista. Observándolo un poco más, se descubre que, en realidad, pasó horas frente al espejo colocando cada mecha en su lugar. Una camiseta de marca asoma debajo de una remera de marca. Lleva un jean de 180 pesos, y otro tanto debe haber gastado en sus zapatos. Entre lo que tiene puesto y lo que gastará en este sábado a la noche, habrá invertido mucho más de lo que el Estado paga en una jubilación mínima. Su cuerpo desprende aroma a perfume importado. Se mueve con modales medidos y sutiles. Su mirada, sus ojos verdes, deben arrancar suspiros. Sin dudas es el chico que más de un padre, a lo mejor, elegiría como novio de su hija. Porque además, Santiago trabaja y estudia. Es lo que se dice, un chico bien. ¿Bien?
“Yo no me considero un tipo violento. No; la verdad es que no lo soy. Pero bueno, hay veces que sabés que la piña va a venir, que es inevitable. Ahí es cuando agarro mi encendedor, con esta mano, la derecha, y lo aprieto fuerte. Cada vez más fuerte. Hasta que ya no hay nada más que hacer... Y pego. En ese momento en el que tu puño llega a la cara del otro sentís como una descarga fuerte, es impresionante, es casi un orgasmo.”
¿Y qué pensás?
Nada, te enceguecés, te cebás.
¿Por qué te peleás?
Nada, boludeces.
Santiago prefiere que su apellido no aparezca. Como tantos otros chicos de entre 15 y 26 años, parece tener un otro yo que se le desata así porque sí cuando aparece la diversión dosificada en piñas. Una diversión que a veces termina de la peor manera. Ariel Malvino (asesinado en una playa paradisíaca del sur de Brasil) y Matías Bragagnolo (quien murió después de una pelea callejera entre pares en un selecto rincón de Buenos Aires) son la muestra más cruel.
Por estas dos muertes, que instalaron el tema en los primeros cuatro meses del año, están sospechados otros jóvenes que, como ellos, crecieron con una vida asegurada. O al menos, prevista. Buena educación. Buena familia. Buen club donde hacer deportes. Buenos autos. Buena plata. Como Santiago y sus amigos.
Violentos sin causa aparente
Santiago habla con suavidad. Puede discutir sobre Durkheim o Marx y hacerlo con la ductilidad y la verborragia de un avezado estudiante de sociología. De la misma manera puede relatar sus “hazañas” de peleador o contar sobre aquel amigo que una noche dejó en terapia intensiva a “ese negro de mierda” que le quiso robar la 4x4. Lo que Santiago nunca hará es levantar el tono de voz.
En esta noche de sábado, él y sus amigos eligen un pub de Belgrano para charlar un rato; es el mismo lugar donde años atrás funcionó una de las confiterías más paquetas del barrio. Seguramente, ninguno de los que están en las otras mesas apostaría un centavo a que estos chicos fueron capaces de dejar un tendal de huesos quebrados y ojos amoratados con la sinrazón del porque sí. Pero lo hicieron. Y lo seguirán rememorando, cada vez que se encuentren y alguien dispare: “¿Se acuerdan cuando nos agarramos con los de...?”. Un mozo pasa al lado. Escuchándolos, uno rogaría que no los roce con la bandeja. Por las dudas. Como tantos otros jóvenes que son capaces de gastar entre 100 y 300 pesos por noche de sábado, forman parte de esa violencia VIP que circula por los boliches y lugares de vacaciones de moda. ¿O acaso debería hablarse sólo de violencia, a secas?
“Treinta años atrás, se hablaba sólo del delincuente juvenil, sobre todo en las clases bajas, aunque hubo algún caso aislado en la clase alta como Robledo Puch. Pero eso cambió. Ahora la violencia está en todas las clases, y se habla cada vez más de algunos chicos de clases media y alta. Es casi exclusivamente la violencia por la violencia misma. Y eso es lo peligroso”, analiza Liliana González, del Centro de Prevención y Asistencia de la Violencia. Habituada a escuchar historias de las víctimas, González –que es licenciada en Criminología– tiene un par de conclusiones rápidas: sabe que si los victimarios son de clase alta, difícilmente tendrán su castigo “porque siempre aparece un funcionario o juez conocido”; y también que “en teoría, son chicos con una vida resuelta, de buenas familias, que van a buenos colegios, pero a quienes quizás les falten los valores que algunos adultos no transmiten”.
Un mundo perfecto
El mundo ideal. La vida garantizada. La diversión de los fines de semana, también. Plata en el bolsillo ahora y después de una educación de privilegio, ¿un puesto de responsabilidad en el negocio familiar? Pero hay momentos en que ese mundo ideal se vuelve terrenal. Y cuando lo hace, aterriza con furia. Sin embargo, el preconcepto inmediato sostiene –falsamente– que la violencia nace sólo de las necesidades. Pero ¿cómo se la explica cuando anida donde las penurias económicas no existen, como en los barrios cerrados o detrás de las fronteras de una zona paqueta?
“La violencia tiene un componente extra que es una energía ligada al resentimiento y al odio. Puede ocurrir que algunos chicos de las clases altas, hijos de padres con negocios muy importantes, que viajan, que en la mesa hablan también de cosas importantes, vayan creciendo con pocas posibilidades o espacios de expresión. Y son los que van masticando bronca y se convierten en una bomba”, sostiene Eva Rotenberg, psicóloga y presidenta de la Escuela para Padres, un lugar donde suelen consultar familias de alto poder adquisitivo cuando las cosas se les van de las manos.
Marcelo Urresti, filósofo y sociólogo de la UBA, investigador del Instituto Gino Germani, agrega que es necesario repasar el contexto social que rodea a estos adolescentes y jóvenes de clase alta. “Hay que remitirlo a las grandes transformaciones que está teniendo la sociedad y su distribucion de espacios”, dice. Esto es: “En los útimos 10 ó 15 años hubo marcados cambios sociales, especialmente en las clases altas. Nació una nueva clase media alta vinculada a las transformaciones económicas de los ‘90. Son los que se fueron a vivir a los countries, con un modelo de vida estadounidense que funciona como ciudades burbuja, donde las instituciones son diferentes”. En ese marco, aquellos chiquitos que devinieron en adolescentes, “crecieron y vivieron en ese espacio cerrado, como metidos en peceras. Algunos tienen enormes dificultades para salir y explorar cómo es lo otro: no pueden interactuar, no conocen gente de otros lugares. Es una relación endogámica, muy cerrada”.
Cerrados o no, lo cierto es que se mueven siempre por los mismos lugares. Los boliches de la Costanera y algunos otros de la zona norte parecen ser el territorio por donde transitan en busca de diversión, vértigo, música, alcohol, levante, pelea. Ahí es donde se dan las mezclas explosivas, ésas que se terminan a las trompadas, por cualquier cosa. Ningún especialista quiere hablar de esta problemática como un fenómeno o novedad, porque sostienen que la violencia física de chicos de clases media alta o alta siempre existió. En todo caso, lo novedoso es que se hable de ella, cuando hasta hace muy poco, los casos –aún los más trágicos– quedaban encerrados bajo un halo de misterio que sólo unos pocos sabían.
Del mismo modo, es difícil cuantificar si hay más o menos casos violentos protagonizados por chicos de sectores sociales privilegiados económicamente. Pero se pueden tomar algunas referencias. En la Prefectura Naval –encargada de la seguridad en Puerto Madero y Costanera– aseguran que cada fin de semana deben intervenir en al menos dos o tres peleas por noche. Y que en la gran mayoría de estos episodios, los candidatos son jóvenes de clase alta, que viven en la Capital Federal, en algún barrio exclusivo de la zona norte o sur. Pero claro, las cosas terminan ahí. En todo caso, “si son menores de edad, llamamos a sus familias para que los vengan a buscar”, asegura el prefecto mayor José Eduardo Romero, a cargo de la zona Puerto Buenos Aires. Sin embargo, el estado de efervescencia que provocan los fines de semana hace que las custodias se refuercen y haya entre 15 y 20 agentes más de Prefectura dando vueltas por las zonas de conflicto.
Romero las llama riñas. Los adolescentes, peleas a morir. Pero más allá del sustantivo, todos los involucrados están de acuerdo en que las trompadas son cíclicas, que tienen sus picos. Ahora se atemperaron a raíz del caso Bragagnolo. El golpe que produjo el hecho bajó un poco la adrenalina, al menos hasta la próxima vez. Pero fue suficiente para que los fiscales porteños se mostraran algo alarmados e interesados por enterarse de las estadísticas y datos que tiene la Prefectura.
Aunque hay un buen número de causas judiciales que tienen como imputados a chicos de la clase alta, en realidad no hay cifras oficiales que traduzcan con certeza esta especie de chicos violentos vip. En parte, porque la mayoría de las veces el intercambio de golpes no pasa de una pelea callejera. Y sobre todo, porque sus protagonistas –y sus familias– prefieren que los problemas graves se tapen. Nada más horroroso que saltar de las páginas de sociales y aparecer en las crónicas policiales.
Eva Rotenberg sugiere que eso de tapar las cosas es una constante en estos casos. Y podría, desde su experiencia, sustentarlo con ejemplos. Así, estos chicos “perciben cierto poder, se sienten protegidos, y eso aumenta la impunidad y el riesgo de violencia desatado”. Dicho de otra manera, el sociólogo Urresti afianzará otro concepto: “Los grandes conflictos que tienen estos chicos con problemas de sectores altos es de resistencia a la autoridad, porque justamente no consideran que alguien se les pueda poner por delante. Sencillamente porque ellos están por arriba, por ejemplo, de la Policía. Es una sensación que normalmente sienten los hijos de sectores poderosos. Y, en muchos casos, la Policía se subordina a la mirada que tienen sobre ellos porque se saben de otra clase.”
Adentro de un boliche, la baja tolerancia se cristaliza en uno de los momentos de mayor tensión, como cuando las chicas escasean. Y peor aún cuando la noche se termina. Entonces, el que va por su última posibilidad, lo hará transitando la sutil línea roja entre la descarga sexual o una propulsión a golpes con el otro que se la dispute. Esa pelea, si se atempera a fuerza de patovicas dentro del boliche, seguramente sigue en el estacionamiento. “Si a las seis de la mañana encaré a una chica y me dice que no, me enfurezco y la insulto. Ahora, si es de mi círculo, salvo que quiera armar lío y pelearme no digo nada. Porque nos conocemos todos, ¿entendés?”, cuenta Eduardo, 19, rugbier, cuello grueso listo para el scrum, pero que ahora apenas se sostiene de tanto alcohol. Del insulto puede saltar a recitar despectivamente palabras del léxico cumbiero, pero no comete ningún error fonético al nombrar marcas en inglés o francés.
Manu y Pato tienen 18 años. Se criaron en Palermo y rotan por todos los boliches de moda. Les resulta extraño que alguien se sorprenda porque una noche pueda terminar en el hospital. “Si al menos una vez al día alguien te pechea y te dice ‘qué te pasa’ –arranca Pato– entonces es lógico que vayas a bailar y te agarres a las piñas.” Su silogismo le parece convincente. Por eso sigue desarrollando la idea: “Si bien es cierto que hay más violencia, tampoco es que vamos por la calle y nos cagamos a trompadas en cada cuadra. Si te pegan es porque vos te metiste, porque hay que saber hacerse el boludo y decir: ‘Uy, perdoname, no me di cuenta’, y te vas”.
Pero no todos piensan lo mismo. Ernesto tiene 16 años y vive en la zona donde murió Bragagnolo. Cuenta que desde aquella noche cambió sus hábitos nocturnos. “Antes, cuando salíamos de bailar me tomaba un bondi. Ahora nos movemos en grupo y preferimos un remís. A mí todo esto me asustó mucho.”
Como Santiago, Eduardo, Pato y Manu, también Alexis, 19, estudiante de una universidad privada y cara, lanza su excusa para que su puño impacte en la cara de otro en la puerta de un boliche de Palermo Hollywood. “Vos buscás a alguien que te haga frente; es más, si lo agarrás y el otro se te planta, más bronca te da y más te ensañás”. Eso sí: para todos ellos, las piñas no sólo no están mal, sino que están muy bien.
En busca de la razón perdida
Tienen todo a su alcance para garantizar una buena noche: casas vacías, autos que corren, dinero para derrochar en alcohol y ese aspecto que los hará pasar sin problema a la disco elegida. Pero sobre todo, tienen recursos, y muchos. Si papá y mamá se fueron al country, para ellos quedará liberado el departamento. Si el documento dice menor de 18, podrán conseguir bebidas alcohólicas con sólo llamar a un delivery, donde nadie se ocupará de comprobar la edad. Difícilmente tengan problemas con la Policía y menos todavía, la Policía querrá tener problemas con ellos. Ese doble apellido o la dirección que figuran en el DNI son la salvaguarda. Nadie les hará nada.
“Son todas cuestiones de poder. Los chicos que hacen problemas son de clase alta. De hecho, yo me manejo con un público ABC1 y los que arman lío son identificables muy fácilmente. Todos sabemos quiénes son. Una vez mandé a uno de estos tipos preso, pero ¿sabés qué pasa? Salen como si nada. Y encima, la culpa la terminás teniendo vos, que sos el dueño del boliche. Son gente que está acostumbrada a hacer lo que quiere, no se bancan que no los dejes entrar y cuando te diste vuelta ya los tenés instalados en el VIP”, dice Marcelo Boer, uno de los dueños de Mint, una de las discos de mo- da de la Costanera.
Boer hace diez años que se dedica al negocio de la noche y conoce bien de qué se trata la violencia VIP. Hace seis años, cuando manejaba Pachá –otro de los reductos elegidos por los jóvenes– encontró que la mejor solución para frenar una pelea era el escrache: “Apenas volaba la primera piña, apagaba la música, prendía la luz y filmaba a los peleadores”, cuenta Boer. El efecto pacificador es inmediato, pero poco duradero, porque la pelea continuará afuera.
“Siempre hacen lo mismo, te sacan por puertas separadas, unos por la de adelante, a los otros por la de atrás. Una vez, a mí y a mis amigos nos sacaron por la de atrás, y yo sabía que los otros nos iban a estar esperando. Por eso, mientras el patovica me arrastraba para la puerta, manoteé un vaso y me lo escondí debajo del brazo. Dicho y hecho: afuera estaban los otros, así que apenas vi al que me había pegado le partí el vaso en la cabeza. ¡Pero mirá qué boludo!: al pibe no le pasó nada y yo me corté la mano”, cuenta Lucas.
Tiene 25 años. Estudia Ciencias Económicas, vive solo y trabaja en un organismo del Estado. Como su hermano Santiago, jugaba al rugby en un club porteño. El asegura que las peleas son cosa del pasado, que hoy no pondría en riesgo su carrera ni sus trabajo, pero no puede dejar de recordar como algo memorable aquella batalla en la que, después de una dura sesión de piñas, los de su club resolvieron aliarse a sus históricos rivales de otro club combatir a un enemigo común: los patovicas. Además, se acuerda de cuando se juntaron todos los clubes de rugby para pelearse con la hinchada de River. “Eso sí que estuvo buenísimo”, se excita. Y ni que hablar de las peleas que se arman en Pinamar, cuando llega el verano y se encuentran, como siempre, unos contra otros.
En ese microclima con leyes propias, los rugbiers parecen jugar una parte fundamental de todo este engranaje. Aunque no se les puede achacar toda la culpa, quienes transitan la noche porteña reconocen que son ellos, los rugbiers, quienes marcan la tendencia del mundo VIP, los que imponen los lugares de moda para ir a bailar.
Esta afirmación es fácil de constatar porque la mayoría de los chicos consultados al azar juegan ese deporte que no dejó de ser aristocrático, aunque tiene ahora cierto aire popular. En la mitología de estos jóvenes, enseguida saltan rivalidades emblemáticas, que se dan no sólo entre clubes, sino también entre colegios de zona norte.
Para Boer, el dueño de Mint, no hay duda. Los rugbiers tienen un papel fundamental en las noches con trompadas: “Yo diría que el 80 por ciento de los problemáticos son rugbiers. Tiene que ver con el juego, le salen las hormonas para ese lado. Es cierto que son muy grandotes pero no se bancan un entrenamiento de fútbol con el morochaje”.
¡No,no y no!, gritan en las canchas de rugby. “Ni el rugby ni el deporte son generadores de violencia. Claro que hay ovejas negras en este deporte como en cualquier lado. A los violentos, el rugby los erradica de sus clubes aunque sean jugadores”, enfatiza Mario Barandarián, de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA).
Barandarián hace 30 años que está ligado al rugby entrenando juveniles. Y se enoja cuando se pone a su deporte en la mira, una de las tantas cosas que tienen en común algunos chicos violentos ABC1. “¿Por qué no investigan la violencia en el fútbol o el básquet? En el fútbol los violentos están incentivados por los dirigentes. En el rugby se los echa”, retruca Barandarián. De todas maneras, entre los memos de la URBA que llegan a los clubes se resalta la “gran preocupación” porque el clásico tercer tiempo después de los partidos, de una merienda compartida entre rivales, derivó a una previa bolichera, donde hay un gran consumo de alcohol y bebidas energizantes (otorgadas por los sponsors), y los clubes más pudientes tienen un DJ que pasa música como si fuera en un boliche. Todo puede extenderse hasta la madrugada.
Los dirigentes no lo dirán, pero quienes conocen el ambiente cuentan las peleas que pueden generarse cuando la adrenalina, el alcohol y los energizantes explotan en el cuerpo. Por otro lado, se lanzó una Campaña por la no violencia destinada a hinchas y jugadores, para retomar los viejos códigos del que siempre fue un deporte de caballeros.
Federico tiene 24 años. Fue educado en uno de los colegios más caros de la ciudad –la cuota ronda los dos mil pesos–, donde se practica rugby. Jura que nunca comulgó con los códigos de la institución. Pero admite que entonces no veía esta realidad con el mismo espanto que ahora, después de haber pasado cinco años en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. “Esto no es nuevo. En el colegio no sólo sabían de estas peleas sino que además las incentivaban. Yo me acuerdo que el director nos decía que había que defender el nombre del colegio porque nosotros éramos la elite que iba a gobernar este país. Y él mismo era quien seleccionaba a los chicos más grandes para ir a pelearse con otros colegios”. De aquella época, Federico recuerda la sofisticación a la que habían llegado sus rivales de otro colegio privado porteño. Allí, unos estudiantes coreanos que practicaban artes marciales se habían convertido en el grupo de choque de la escuela. Se movían en una combi y acudían ante el primer llamado de auxilio de sus compañeros.
“Esto es totalmente verificable y es algo antiguo. Tiene que ver con lo que se llama espíritu de cuerpo de una institución y en todos estos colegios de élite, los alumnos son preparados en disciplinas rigurosas porque la idea es que el colegio es alma mater”, analiza el sociólogo Urresti.
“Estás o no estás, no hay término medio. Pero si no estás, corrés el riesgo no sólo de terminar en la calle, sino algo peor: convertirte en un grasa. Ese es el mensaje que te meten.” Federico cuenta que ese miedo a no pertenecer era el fantasma que atormentaba a sus compañeros.
El dinero no es todo
El dinero no siempre cuenta en este mundo en que todo parece medirse en cantidades exactas. Puede faltar dinero y sobrar apellido y así asegurarse un lugar en el fondo del micro del equipo de rugby, donde siempre se sientan los jugadores más preciados. Puede sobrar dinero y faltar título, pero para ellos la aceptación de los demás no es tan sencilla.
Y en clubes selectos como el de Santiago –donde se admite un número limitado de socios–, esa condición de advenedizo todavía está mal vista. Allí se entra por recomendación y sólo para ocupar el lugar vacante de un socio muerto. De nada le sirvieron a un amigo de Santiago los 50 mil dólares que ofreció por un carnet. Se quedó con las ganas.
Como todo en este mundo, las drogas tienen código propio. Circulan, pero en medida acotada. Un poco, pero no demasiado. Mucho no queda bien. Los mismos que admiten tomar alcohol en cantidades industriales o haber dejado un tendal de heridos en una pelea, se horrorizan ante la mención de la palabra droga. Eso sí, todos pueden detallar una lista de las más consumidas: marihuana, poca; cocaína, algo y de buena calidad; éxtasis y ketamina, no tanto.
Algunas chicas de este grupo también tienen sus propios códigos. Como los varones, gastan sin problemas y consumen alcohol a la par, pero apenas aparece la primera piña gritarán desesperadas y llorarán desconsoladas por la suerte del novio de turno. Eso sí, al día siguiente, en el colegio, no habrá nada mejor para contar que la salida con Fulanito, el “que se agarró a las piñas con ...” Y sus amigas identificarán en seguida de quién habla.
Miriam Mazover es la coordinadora general de Centro Dos, que investiga las razones de la violencia juvenil. “Como sociedad no estamos lo suficientemente concientizados de que la patología psíquica es más corriente de lo que creemos –dice –. Nuestras historias no sólo están configuradas por aquello que nos es posible contar, sino también por lo que no podemos contar, no sólo por cuestiones de privacidad sino también por aquello que ocurre en la propia familia y que nos negamos a ver”.
Cualquiera se hubiera dado cuenta de que Joaquín, de 16 años, era un violento. Menos su padre. “No había nada que me hiciera sospechar en la vida de familia. Tampoco el grupo en que se movía parecía violento. Admito que esos amigos tal vez le ofrecían a mi hijo algo mejor de lo que había en mi casa”, cuenta hoy. Con un pesada carga de conciencia, después de ocho meses de terapia el hombre se encontró con el lado oculto de su hijo. Le dolió como una trompada en plena cara. En este caso no es un mal comienzo.
Informe: Paulo De Santis